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Cargo algo dentro que es más grande que mi cuerpo

  • lentepoetico
  • 4 may 2022
  • 3 Min. de lectura


El tiempo cuando falta

Misael Castillo


“Llevás tu sombra, por si acaso, alguien necesite un lugar donde dormir” dice Misael Castillo en uno de sus primeros poemas adelantando que el cuerpo va a ser el epicentro de su poética. Pero no es el cuerpo en cualquiera de sus dimensiones, es el cuerpo como sacrificio. Como si a través del trabajo, en un ritual de dioses paganos, se nos devolviera algún tipo de belleza, o recompensa del mundo. Ahí está su mirada, en el resquicio que deja ese intercambio de clases trabajadoras entre la subsistencia y su hacer. En esa entrega él va pescando la belleza como un pescador con su red, va recorriendo oficios, biografías, recuerdos propios y ajenos de esa humanidad. Como un reportero de guerra que en lugar de cámara porta ternura en su intento de interpretar. En ese ejercicio es donde se da la transformación y el cuerpo se abre en belleza. “Sembrar es como arropar, pensaba, mientras regaba cada parte de su huerta...” Y lejos de que se desvanezca la mirada política aparece lo poético, casi como una contracara, donde las manos de la cocinera, los bolsillos de la costurera, el lenguaje del derribador de árboles, el bigote de su padre son la fortaleza: “Carmen, /¿notaste / que todos los oficios / se hacen con las manos? / El cuerpo, hijo, / es la parte más pequeña / de la materia. / Tan diminuto es que nunca / alcanza el cuerpo / cuando trabajamos. / Te acaricio / con mis manos, / que tejen por inercia. / ¿Ves estas arrugas? / Cargo algo dentro / que es más grande / que mi cuerpo. Es como si Misael Castillo buscara en la condición trabajadora una razón filosófica frente a la existencia. Y la semántica del amor en sus diversas formas es lo que desciende vertical en todos sus poemas. Y él lo va recogiendo como si fueran flores perfumadas.

“Toma la maza y el cincel / y doma un animal salvaje. / Busca la forma que tiene la belleza / después del dolor. / Tiene los poros tapados de aserrín, / así y todo, son / muy suaves sus manos. / Aunque parece que lastima, / en realidad, / dibuja la madera. / Explica y continúa. / La lija / no come al pino / lo acaricia.

De la misma manera, en el hacer del poeta, a través de El tiempo cuado falta se pule una piedra, se la trabaja, se la contempla desde los distintos ángulos, se la limpia, se la besa, se la bendice. Y se la deja brillando.




los hijos que no juegan

Me paro y pregunto

¿quién sufre?

Responden: “TODOS”. Javier Heraud


Acompañaba a mis hermanos

a la construcción.

Quería ayudar,

en mi tozudez,

y aunque no me dejaban

me hacían creer que sí.


Pasaba las tardes entre montañas

de partículas diminutas,

observando

el movimiento de la materia.

Los ojos de un niño

son siempre una promesa.


Miraba, con atención,

la diversión primera.

Acompañaba a mi sangre

con el cuerpo.

Con ternura,

desde el andamio,

balbuceaban lo que podían

para sacarme de allí.

Pero siempre tuve miedo

de dejarlos solos.




dios tiene piel morena y se sienta entre zapatos y herramientas


La mañana socava

la piel morena del hombre

que se sienta entre zapatos y herramientas.

Todos los días

se ahoga, en ese cuarto,

con el pegamento entre los dedos.

Nunca abandonó la fe

para hacer su trabajo.

Las personas sostienen la esperanza

de recuperar lo que tuvieron.


Lo reclaman.


Y lo convierten

en una suerte de Dios moreno.


Pero él sólo se sienta entre zapatos

y su motivación primera

es olvidarse de lo conocido.

No arregla los objetos

hace de ellos otra cosa.



el tiempo es lo único que queda de las cosas cuando atraviesan la retina


La vasca

daba de comer

a las gallinas de su mano.


Sus pasos eran tímidos.


Yo mismo podría

haberlos dibujado,

en el suelo con una ramita.


Pero lo que veía

era la lenta degradación del ser.


Muy hermosa

habrá sido la vida

en sus ojos

como para caminar

apurada a un gallinero.

 
 
 

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