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Te agradezco por las semillas

  • lentepoetico
  • 13 abr 2022
  • 4 Min. de lectura



Te agradezco por las semillas

La habitación sin barrer



Sharon Olds tiene un sentido de la belleza tan íntimo y sutil como esa sorpresa frente al perfume de un doblez. Es una arquitecta del detalle, sopla la belleza como si fueran partículas de polvo dormidas.

La habitación sin barrer puede ser el avistamiento de la vida entera en un parpadeo. En uno de sus primeros poemas, Primera hora, el yo poético es una recién nacida saboreando la experiencia humana. “No odiaba a nadie / Miraba y miraba y todo era interesante / yo era libre, todavía no enamorada / no pertenecía a nadie, no había bebido leche todavía –nadie tenía mi corazón”.

Un lei motiv en el libro es la relación con su madre. Hay una femineidad construida como eslabones de un árbol genealógico: su madre, ella, su hija.

Su infancia es de lo que ella se emancipa una y otra vez. Hay un ejercicio constante en el que desacopla su línea vital de la de su ascendencia. Vuelve atrás, ilumina y proyecta. Vuelve atrás, busca debajo de las cosas y se reafirma en la diferencia. Aparece intermitente el reflejo opaco de sus padres, ese modelo familiar, desde donde eyecta su propia historia. “Nunca más voy a tener una hija como me tuvieron a mí / jamás voy a nadar dentro de ti / como mi madre nadó dentro de mí, ni como la sentí nadarme, no voy a conocer nunca más a nadie como conocí a mi madre / las puertas de lo humano desplomadas”. O en Primeras semanas, también hablando del vínculo con su hija “cuando me sonrió un rictus delicado como la llegada del dolor del parto, me enamoré, me volví humana.” La maternidad para ella refunda.

Pero también pasa por su juventud, el amor de pareja.

anoche tuviste los ojos abiertos, ya dormido para que yo pudiera nadar, me siento todavía plena en esa circunvalación / te agradezco por las semillas, sonreímos / me honra recibirlas”. O en La timidez cuando explica esa sensación posterior al acto sexual : “jadeando, como a salvo de un desastre, y por segundos interminables, pasó algo sobre lo que he oído hablar, se me ocurrió que no sabía que era ajena a este hombre, no sabía que estaba sola”. Luego el poemario va entrando en la adultez, en el nido vacío, en la muerte y esa belleza retrata ni mas ni menos que el tiempo.

La habitación sin barrer de Editorial Mog&magog, hace alusión al diseño de un mosaico romano (Asaratos oikos, en griego) que se usaba para decorar el comedor y simbolizaba los restos de comida caídos al suelo durante un festín. Barrer en el durante es molestar el espíritu de los muertos, desaprovechar la vida que se nos da mientras tenemos tiempo.


Hijos grandes


Uno desde una dirección, otro

desde otra, un día vuelven, juntos,

y de pronto mi cuerpo cabe

en el aire que ocupa, y mi cerebro

entra en mi cráneo otra vez, y mi mente

en mi cerebro, y sobre los relieves anticlinales de mi

mente juega la luz. La semana pasada había visto

un ser en la playa que al principio no pude nombrar,

una criatura baja, erguida, con una cabeza

redonda y el cuerpo echado hacia atrás y unas

extremidades cortas que destellaban a los lados y por debajo

como las puntas de una estrella, tanto que resplandecía,

titilaba en la arena - era un pequeño

primate, y detrás de él venía otro,

más pequeño y más primitivo,

un parpadeo deslumbrante, centelleante,

era un bebé. Y ahora nuestra hija

duerme en el sillón, no siete kilos

seiscientos, si no mas o menos de mi tamaño,

su rostro maravilloso, complejo, delicado,

tranquilo. Y nuestro hijo, anoche, miraba de cerca

a su enamorada mientras susurraban por un instante, qué tierna,

atenta mirada tenía. Los criamos

diariamente, quiero decir a cada hora -cada minuto

éramos de ellos, ninguna hora pasaba en la que no estuviéramos

criándolos –alzándolos, soportándolos, llevándolos

en brazos, por el placer de hacerlo, y para que pudieran ver,

más allá, lejos de nosotros.



Primeras semanas


Esas primeras semanas, no sé si sabía

cómo amar a nuestra hija. Su cara parecía abrumada,

fruncida de preocupación –y ni siquiera

desesperanza, sino simplemente depresión, una expresión de

resistencia. La piel de su cara estaba finamente

arrugada, había mechones de pelo en sus orejas,

se parecía un poco a una ardilla, suspicaz,

en trance. Y pequeña, 2700

marchita –parecía rechazarme

sin moverse. En un primer

momento la había visto, sin mis anteojos,

en la sala de partos, como un borrón de sangre,

y piel azulada, y brazos y piernas, la había conocido,

dada vuelta, y la enderezaron, y brotó

ese gemido tenue, casi sexual y su

cuerpo todo se sonrojó.

Cuando la volví a ver, estaba envuelta en algodón,

alguien la había limpiado, le había quitado

los restos del interior de mi cuerpo

la había peinado con hileras angostas,

como aradas, aterradoras. Nació diez días antes,

soñolienta, mis pechos tan hinchados que estaban parejos

con el pezón, apenas se acercaban

sus labios, siseaban y rociaban.

En dos días la llevamos a casa, chilló

y gimió, como el sueño de la víctima de un incendio,

y cuando se callaba, estaba acostada ahí espiando, sin demasiada

ansiedad. Yo no la culpaba,

era hija de la hija de mi madre. Me ponía de rodillas

y la miraba, y la complacía.

Todo el día la amamantaba, toda la noche la paseaba,

y dormía siestas, y la amamantaba, y la paseaba. Y después

un día, me miró, como si

me conociera. Recostada en el hueco de mi brazo, se alimentó, y

me miró como si me recordara,

como si me hubiera conocido, y yo le gustara, y estuviera

recuperando la memoria. Cuando me sonrió,

un rictus delicado como la llegada del dolor del parto,

me enamoré, me volví humana.




 
 
 

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