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Yo estoy en el mundo

  • lentepoetico
  • 31 mar 2022
  • 3 Min. de lectura


Ensayo sobre la Piel 2011-2016

Liliana Lukin


Se relanza Ensayo sobre la piel 2011-2016, de Liliana Lukin publicado en 2018 por Ediciones Activo Puente.

Comienza con El amor del miedo, Poemas del hermano. Algo en este título parece cambiado, algo de lo cultural nos lleva a dar vuelta la oración y pensar en el miedo del amor, pero no. Ella dice El amor del miedo. El amor como un antídoto, quizá, como el único símbolo posible para enfrentar la muerte.

La autora va llevando registro del devenir de su hermano atravesado por un diagnóstico de Alzheimer. Es una bitácora poética, una pregunta sobre la memoria, el olvido, el cuerpo, el lenguaje, la infancia, y sobre todo el amor.

El yo poético hace una suerte de genealogía sobre qué hace la familia con el amor cuando la enfermedad lo copa todo. “…ocupando la enfermedad su estar se organiza”, pero también dice, “el deber es mas fuerte que la alegría / en eso se nos convierte / en eso se nos va la vida que le damos / la compasión que no siempre le alcanza”. o cuando habla de su madre: mamá trabaja para un naufragio / seco: prepara sus actos previendo agua / como en un ejercicio: insiste en ignorar / que algo se rompió, que la ola / no existe pero estamos bajo su sonido / su furia, rema, acumula baldes / que antes tuvieron plantas, para ‘achicar’ / el desborde, mantiene el ancla.

La analogía del naufragio está presente a lo largo del libro, la idea de una marea que sube y tapa, que lleva, que no se puede administrar ni contener. “Hundirse sin remedio es lo que sucede / ve las orillas, flota aferrado como a un madero. El hermano se aleja irremediablemente de la tierra, de ese lugar donde hace pie, donde hay un lenguaje, un punto de apoyo. Y el madero es la memoria, la que todavía persiste en el naufragio.

Hay una crítica a la ciencia, a la medicina en su campo de acción, a los puntos ciegos del conocimiento, a través de los cuales la enfermedad es laberíntica y el cuerpo se ausenta, se disocia, y queda solo.

La piel es la barrera, la que aísla, pero también la que recibe, la que conecta. Por eso en este ensayo sobre la piel orbita la pregunta sobre ese sentir, esa clave que guarda memoria, que salva mientras el lenguaje se derrama entre los dedos. “no encontrar la palabra que quiere es lo que a él le sucede: hurga y pelea con su lengua, esquiva, encuentra obstáculos en la idea de un lenguaje, rodea su voluntad con senderos donde se pasea por laberintos sordos a lo materno de su lengua: será, de pronto, un anciano que sueña con su infancia” . Pero la piel es la conexión con el mundo, es, de a ratos, esa infancia, ese regalo. Bailar cuatro vueltas de un vals imaginario en el patio del geriátrico abrazando el cuerpo delgado de su hermano, o dándole en la boca nueces, almendras, castañas por el mero acto de ejercitar el dar y el recibir, como si fuera un músculo más.

Al final del libro el miedo trasmuta, se aleja de lo que lo confunde y se organiza alrededor de ese sentir. Este poemario une los puntos del dolor como un bordado. Este poemario es una elegía:“sentado en su dormitorio, entre / las camas y la pared, dijo “yo” / y contuvimos la respiración para / escucharlo “estoy en el mundo”.






tapo, sin decirlo,

con mis palabras los huecos de sus frases,

su nueva sintaxis

interruptus. Tapo y tapo y espero

que haga lieson donde hay lesión,

abruptos intentos, disrupciones,

“no sé quién soy”, me había dicho,

y sólo pude darle su propio nombre.



-


mamá y papá ven venir ahora

al rayo que los parte y están siempre

listos para la lluvia y el viento,

no los detiene el hambre más antigua,

lo ven venir y él los aturde, los deja

de cama la electricidad que queda

cuando se va: esa forma del

ser les era desconocida, imposible

ambos son su trampa, cada uno la del otro,

así, surcan el patio, el fondo,

rotulan con los ojos una tierra seca

donde las tortugas siegan

la hierba, arman nuevos

brotes, retoños que florecerán

aun en las peores condiciones,

y que jamás perderán

la memoria


-


Él preguntó, en su tono monocorde:

“Y si nos vamos de viaje vos y yo”,

de viaje, de viaje para no volver, a lo abierto,

dije que sí, vamos a dónde y ya no supo,

porque a dónde no es un destino.

Momentos de luminosidad, cuando dijo

a su acompañante “mi hermana es un capitán”,

y nos embarcamos los tres

en el mismo naufragio.

 
 
 

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